jueves, 18 junio, 2026
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Pulp en el Movistar Arena: me das cada día más

Jarvis Cocker parece tener una fijación con las palabras. Las moldea, enfatiza su sonoridad, las deshace hasta desmigajarlas en letras por separado (“F.E.E.L.I.N.G.C.A.L.L.E.D.L.O.V.E.”) mientras dibuja sus figuras con su dedo índice por el aire. La estrategia no es ajena ni a More, el disco con el que Pulp rompió un silencio discográfico de un cuarto de siglo, ni a la gira que los depositó por tercera vez en Buenos Aires, You Deserve More, rebautizada en la vía pública con su traducción literal: “Te merecés más”. El público era merecedor de un nuevo álbum, pero también de otro reencuentro más, uno para comprobar la vigencia de una banda atemporal a la que, lejos de jugarle en contra, el paso del tiempo enfatizó sus virtudes. 

A Pulp le tocó ocupar un lugar extraño en la división de roles hacia el final del siglo XX en el Reino Unido. Salido de Sheffield, una ciudad cuyo desarrollo industrial y minero se los llevaron puestos la Segunda Guerra Mundial y el thatcherismo, respectivamente, al grupo liderado por Jarvis Cocker le tocó tener que sentarse y esperar su turno para reclamar lo que le correspondía, y cuando lo hizo, entró en escena sin pedir permiso. Lejos de construir sobre la improvisación, Cocker diseñó en su juventud la existencia de Pulp desde un manifiesto bocetado en su carpeta escolar, el paso a paso para tomar por asalto una fiesta a la que ni él ni sus amigos habían sido invitados.

Ese triunfo tardío que vivió Pulp en los 90 (cuando el britpop finalmente le dio masividad a su obra, la banda tenía ya una década y media a cuestas y tres discos publicados en los 80s que había pasado casi desapercibidos) hizo que Cocker y compañía (el baterista Nick Banks, la tecladista Candida Doyle y el guitarrista Mark Webber) fueran la voz de los distintos, los ajenos a la norma y el canon. Pulp hizo que su obra y su estética se volvieran cool por imposición: en vez de subirse a la tendencia, instauraron la propia. Mientras la cultura de la época imponía al triunfalismo heroico, Cocker elegía cantar desde su lugar de bicho raro e inseguro pero también seductor, un tipo que pasó horas encerrado escuchando las discografías de Serge Gainsbourg y Scott Walker sin que eso significara soltarle la mano al pop.

Al igual que en su visita del 2023, Pulp regresó al Movistar Arena con una formación expandida: un bajista (Andrew McKinney, en reemplazo del histórico Steve Mackey, fallecido hace 3 años) y cuatro poli instrumentistas son piezas necesarias para mantener presente el sonido de la banda en un show de 25 canciones, pensado en dos actos con un intervalo de 15 minutos en el medio. Lejos de incomodar, el formato elegido enfatizó la teatralidad del repertorio de Pulp, tanto en la performance escénica de Cocker, un crooner desbocado con ropa de profesor universitario, como también en un cancionero que era número puesto en las pistas de baile del Salón Pueyrredón o Unione y Benevolenza y que todavía sigue sin perder la chispa.

Con su ritmo a media marcha, “Sorted for E’s and Wizz” abrió el show con su fábula sobre atiborrarse de éxtasis y speed para ir a una rave y experimentar el bajón al día siguiente, un comienzo discreto que dejó el fervor en manos del tema siguiente. Sin preaviso, el machaque de “Disco 2000” fue una explosión pop basada en la nostalgia y el reencuentro con los amores no correspondidos del secundario, un sentimiento parecido al invocado poco más adelante en “Razzmatazz”, otra viñeta microscópica de la cotidianeidad emocional hecha literatura. Intercaladas entre ambas, “Spike Island” y “Slow Jam”, muestras de ese presente que es pura vigencia. A sus 62 años, Cocker es todavía un hedonista a pura pulsión de vida, capaz de generar un revuelo mientras se acaricia la cara con un guante rosa en “Pink Glove” o de juguetear con una bombacha ajena en “Underwear”, una performance que alcanza su cénit en la soberbia “This is Hardcore”, mezcla de policial negro, trip hop y un despliegue de metáforas sexuales que solo en su boca pueden sonar así de magnéticas.  

Después de la épica creciente de “Sunrise”, con Cocker bailando a contraluz de un sol naciente que aparece para arrastrar épocas oscuras, un intervalo de 15 minutos reafirmó el formato teatral del show, con un aplausómetro para elegir una canción del segundo bloque, donde “Lipgloss” le ganó a “Tina” (que de todos sonó sobre el final  porque, como dijo Cocker, estamos en “Argen-Tina”). De nuevo sobre el escenario, los cuatro integrantes de Pulp tomaron guitarras acústicas, un sintetizador y un cajón peruano para darle a “Something Changed” un aire de entrecasa que estuvo en las antípodas de la abstinencia claustrofóbica de “The Fear”. Con la intención de administrar la efusividad y dosificarla correctamente, una serie de deep cuts (“O.U. (Gone, Gone)”, “Acrylic Afternoons”, la reciente “Begging for Change”) abrió el paso de a poco para la siempre demoledor “Do You Remember the First Time?” y  “Mis-Shapes”, ese himno a los raros y caídos del mapa que encontraron en Pulp su patria personal.

Pasado el ejercicio de drama disco de “Got to Have Love”, el cierre no escatimó en intensidad, primero con “Babies” y su pirueta semántica para invitar a una chica a coger (“Quiero llevarte a casa, quiero darte hijos y podrías ser mi novia”), y después con esa oda contra la banalización de la pobreza que es “Common People”. Con el trámite ya resuelto, Pulp buscó emprender la retirada igual que en More de la mano de “A Sunset”, o el placer de aprender a valorar las pequeñas cosas que damos por sentado antes de que alguien quiera cobrárnoslas, pero algo parecía impedir su regreso a camarines. Con la fecha del Movistar convertida en la última escala de su gira latinoamericana, a Cocker y compañía los invadió la generosidad: primero fue la ya mencionada Tina, y después, fuera de programa, tocó la despedida real de la mano de “A Little Soul”, otro de esos ejercicios en los que Cocker convirtió heridas personales (en este caso, el vínculo con su padre) en belleza. Dos horas y media después, el público le daba razón al mensaje que había proyectado en las pantallas al comienzo del show: “recordarán esta noche por el resto de sus vidas”.

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