Hay dos grandes pilares que sostienen el universo de Nacho Vegas: el intimismo y el compromiso político. A lo largo de su obra, esos dos pivotes funcionaron en paralelo pero con cierta distancia, como mundos levemente distantes pero con pleno conocimiento uno del otro, hasta que el magnetismo entre ambos devino en una unificación inevitable. Desde entonces, su repertorio pasó a hacer convivir ambas facetas, donde coexisten la fragilidad y la militancia, una convivencia de la que da muestra el flamante Vidas semipreciosas, publicado en enero y que funcionó como excusa para su sexta visita a Buenos Aires.
Lejos del trovador maldito y sufrido de sus primeros álbumes, pero sin perder la mística lúgubre, Vegas encaró en Vorterix un show que funcionó como una revalidación de su presente, con la mitad del repertorio de la noche centrado en las canciones de su disco más reciente. “Alivio” y su repaso por el estado de las cosas fue la puerta de entrada al universo de Vidas semipreciosas, que tuvo entre sus momentos más logrados el vals sufriente de “Los asombros” (“Y así surge un resplandor como diamante entre carbón / Y cuando arrancas tus versos me dejo asombrar, esa es mi gran habilidad”) y la sensibilidad pop de “Mi pequeña bestia”.
Su costado más políticamente comprometido asomó primero en “Fíu”, una reversión del artista colombiano Pablus Gallinazo en cuya letra reivindica a su madre y su militancia de izquierda (Soy hijo de Cristina Vegas, antifascista”), y también cerca del final en “Tiempos de lobos” y una búsqueda poética en el terreno de la canción protesta (“Pensé en las estrellas y en los mares, y luego en el mal terrenal / El odio disfrazado con la piеl de un hermoso animal”). Entre una instancia y otra, el show se partió en dos: luego de haber dedicado amplias loas y palabras contra el mileísmo, Nacho Vegas invitó al escenario a la diputada Vanina Biasi para brindarle su apoyo, que culminó con el músico y la legisladora desplegando la bandera palestina, envueltos en un aplauso atronador. Y ahí, Vegas encontró el clima ideal para interpretar “Cómo hacer crac”, la canción que compuso tras la crisis política y social de España de 2011, que para sorpresa de nadie también es bastante parecida a la de Argentina en 2026.
Pero no solo de presente (y política) vive el artista. A lo largo del show, aparecieron canciones de su repertorio más remoto, como perlas sueltas dispuestas a ser rescatadas. A poco de comenzado el show, “La plaza de la Soledá” y “Nuevos planes, idénticas estrategias” fueron un reconocimiento justo para el público que supo abrazar la obra de Vegas desde temprano, e incluso hubo algún guiño para la audiencia más conocedora de su obra al momento de revisitar su disco El manifiesto desastre, del que sonó “Morir o matar” (lo más cercano a un hit del álbum), pero también “Crujidos”, una figurita difícil de su repertorio.
Hechos ya los trámites, solo quedaba apelar a los picos de emotividad, algo de lo que Vegas sabe bastante. Para muestra, la catártica “Bravo”, del mexicano Luis Demetrio, convertida en un estallido rabioso (“Te odio tanto que yo mismo me espanto de mi forma de odiar”), que funcionó como antesala de “La gran broma final” y su relato en tiempo real de una pareja ante su derrumbe inevitable (“Hay quien decía que era grande y fuerte nuestro amor, y lo era igual que las Torres Gemelas allá en Nueva York”). Con el público ya entregado y después de una apacible interpretación de “Ser árbol”, “La pena o la nada” fue una despedida tácita, con su sufrimiento comparado con el de Juana de Arco en la hoguera y un cierre con cientos de voces cantando en voz alta eso su mantra final: “Entre el dolor y la nada elegí el dolor”.


























