Desde que decidió priorizar a los escenarios como su ámbito principal de acción, los shows de Andrés Calamaro en el Movistar Arena giraron en torno a distintas maneras de abordar su repertorio. Hubo alguna que otra celebración de un aniversario de algún clásico, pero sobre todo conciertos en los que la lista de temas dejaba la sensación de retrato incompleto de su legado de más de cuatro décadas como músico. Quizás por eso mismo, la gira Como cantor, que lo tuvo de vuelta en el microestadio de Villa Crespo, puede verse como la más exhaustiva hasta la fecha, una manera de hacer justicia a todas sus encarnaciones posibles.
A solo una semana de que Fito Páez se declarara en rebeldía ante su propio público en el mismo lugar, Andrés Calamaro tomó la posta y le dio a sus seguidores la cuota más generosa de su cancionero de la que se tenga registro en los últimos años. Al frente de un septeto que combina formación de banda de rock (clave la interacción en las guitarras de Julian Kanevsky y Brian Figueroa) con sección de vientos, Calamaro se permitió quemar cartuchos desde temprano, consciente de que contaba con arsenal de sobra para las dos horas que tenía por delante.
“Todavía una canción de amor”, “A los ojos”, “Mi gin tonic”,“Carnaval de Brasil” y “Pasemos a otro tema” abrieron el juego y dejaron en claro sus reglas; un recorrido exhaustivo por su discografía solista, y también por el repertorio de Los Rodríguez y Los Abuelos de la Nada (más adelante sonarían “Costumbres argentinas” y “Mil horas”). Tomando de manera literal el título de su actual gira, el Calamaro locuaz le dio lugar al Calamaro cantor (y no cantante), con el compromiso con la obra por sobre todas las cosas. El martes, Santiago Motorizado fue el único invitado al escenario para una versión compartida de “Cuando no estás”, justo antes de que “Señal que te he perdido” y “Te quiero igual” se fusionaran como una misma canción unida por el desamor.
El aire de piano bar de “Bohemio” y una versión sedosa de “Garúa” fueron un remanso breve para una lista que no escatimó en golpes de efecto con “Mi enfermedad”, “El salmón, “Palabras más, palabras menos” y “Alta suciedad”. Con el pasar de las canciones, Andrés Calamaro demostró ser tan inabarcable como el universo de canciones que supo crear: el tipo que celebra la tauromaquia y las carreras de galgos es el mismo que, sobre el cierre, enaltecería la figura de Chiqui Tapia en “Estadio Azteca” y las de Nora Cortiñas y Hebe de Bonafini en “Los chicos”. ¿Por qué? Porque puede.
















