Desde lejos, la puesta en escena del show de Sabrina Carpenter parecía una locación más de la película Barbie, de Greta Gerwig. Y, al igual que el film, la cantante de Pensilvania se encargó de resaltar esas facciones no para quedar encorsetada en un estereotipo, sino para ponerlo en crisis. Entre coreografías, himnos pop e intermedios en video, Carpenter desarrolló una narrativa propia donde la ironía es la norma.
En escena, Carpenter se mueve entre el aire de diva glamorosa de la época de oro, baldazos de cultura pop y una sobresexualización premeditada que busca poner en crisis el lugar de las mujeres en la industria (y si no quedó claro, vayan a buscar la tapa -y el nombre- de su último disco, Man’s Best Friend). Su show se construyó como una gran narrativa pop a fuerza de hits y cuerpos de baile, aunque también hubo lugar a un intimismo más calculado como en “Slim Pickins”, antes de que “Manchild” volviera a encender la mecha.
En plena sintonía con el público, pasadas “Tears” y “Feathers”, el paso de comedia de “Juno” tuvo a María Becerra como coprotagonista escénica desde el campo. Y si de explosiones pop se trata, “Please Please Please, “Don’t Smile” y “Espresso” cumplieron con creces su cometido.
A 40 años de su primer disco, Ratones Paranoicos hace las cosas sin que nadie pueda demandar explicaciones. Mientras Sabrina Carpenter desplegaba una fiesta pop en el escenario principal, la banda liderada por Juanse Gutíerrez repasó en 12 canciones la historia de la que probablemente sea la mejor banda de rock and roll de la Argentina. El beat símil disco de “La nave” sirvió como entrada, y también como prueba del estado de gracia en el que se encuentran sus 4 integrantes a la fecha. Una vez hecho el apto escénico, el tridente ofensivo de “Ya morí”, “Rock del pedazo” y “Sucia estrella” arrasó con todo lo que se le puso delante, un clima que apenas disminuyó con las ínfulas soul de “Isabel”. La calma duró poco: el arrebato de “El centauro” y “Enlace” (cantada por Daland Gutiérrez, hijo de Juanse) fueron una trompada al mentón que tuvo su continuidad en “Rock del gato” y “Cowboy”. Ya sobre la hora, pasados un par de compases de “Sigue girando”, CA7RIEL y Paco Amoroso tomaron el escenario por asalto para sumarse al último gran himno del repertorio de Ratones. Y si el cierre con “Vicio” podría haber sido suficiente, la despedida con “Para siempre” (y su reformulación sobre la marcha hacia la versión dedicada a Diego Maradona) dejó con ganas de que haya un nuevo encuentro pronto, solos y de noche.
De signo del presente a leyenda viva, Deftones regresó a la Argentina como la estética de referencia para una generación que ve en ellos la banda modélica a imitar. Nobleza obliga: Chino Moreno y compañía sobrevivieron a compartir erróneamente la etiqueta de nü metal por mera coincidencia histórica, y dedicaron toda una carrera a mostrar cuánta distancia los separa de los Fred Durst y Jonathan Davis del mundo. Con el celebrado Private Music como ariete, la banda de Sacramento entregó contundencia estética y también sonora, con un show a un volumen brutal y con una puesta en escena que privilegió las visuales por sobre las imágenes de la banda. En una veta similar a la de Tool el año anterior, Deftones optó por evocar más de lo que mostró, una decisión que funcionó a partir del equilibrio entre la rabia y la melancolía.
Al lado de chispazos como “Diamond Eyes” y “Rocket Skates”, las flamantes “my mind is a mountain” o “ecdysis”, reafirmaron el concepto de hacer convivir riffs pesados a paso de gigante con texturas propias del dream pop, una búsqueda estética aún más clara en canciones como “Rosemary” o “Hole in the Earth”. Ahí nomás, “Change (In the House of Flies)” hizo las veces de única mención a su ya histórico White Pony, un disco clave para entender el metal en el siglo XXI, y cuyo magro repaso sirve para entender que Deftones prefiere vivir en el presente antes que añorar al pasado.
A la manera de Chappell Roan la noche anterior, Doechii desembarcó en Lollapalooza Argentina con un show con altas dosis de teatralidad y absurdo. La rapera de Florida construye su show a partir de entender cada canción como un microuniverso que forma parte de una galaxia masiva. Con labia hiphopera pero actitud punk, Jaylah Ji’mya Hickmon hizo de la provocación su bandera, con altas cuotas de teatralidad y corporalidad. Pero jugar en la previa al acto principal tiene sus consecuencias: la desesperación de los y las fans de Sabrina Carpenter, que empezaron a agolparse contra la valla, obligó a parar el show a la mitad de “Nissan Altima” por más de diez minutos hasta que las cosas estuvieron en orden. Pero como de los laberintos se sale por arriba, Doechii volvió al ruedo con “America Has a Problem”, un cover de Beyoncé que volvió a encender el fuego con rapidez. Con el reloj sin detener su marcha, el show terminó sin despedidas ni nada similar, porque ante todo el show debe continuar.
Una tarde soleada no parecía el contexto ideal para la séptima visita de Interpol, pero la banda neoyorquina parecía tener todo calculado. Aunque su show en Lollapalooza comenzó con los últimos rayos del sol, la luz solar comenzó a despedirse de a poco en su set, justo mientras la lista empezaba a irse hacia rincones más oscuros. “All the Rage Back Home” y “No I in Threesome” ofrecieron cierta luminosidad que pareció extinguirse con la llegada de “Slow Hands”, el hit de Antics (2004), interpretado con tanta intensidad que no parecía importar que solo quedaran el vocalista Paul Banks y el guitarrista Daniel Kessler como miembros originales (el bajista Carlos Dengler abandonó en 2010, y desde 2023 el baterista Sam Fogarino no sale de gira por una lesión en su columna). Pero a las ausencias se las combate con paliativos, y allí estuvo la seguidilla de “Obstacle 1”, “Evil” y “Narc” para llevar a cabo esa tarea. Ya en la oscuridad de la noche, durante la coda emotiva de “PDA” y la sofocante “Pioneer to the Falls” el escenario se vio embellecido gracias a dos bolas de espejos gigantes que bañaron el tablado en haces iridiscentes. Hasta en sus momentos más oscuros, la luminosidad se cuela entre las grietas de la música de Interpol.
En una sintonía similar, el show de Men I Trust fue un bálsamo entre la efusividad que hace de moneda corriente en cada jornada de Lollapalooza. Lejos del fervor, la banda canadiense optó por un show hipnótico y atmosférico plagado de bajos suaves y guitarras ahogadas en reverb, con la voz de Emma Proulx convertida en una textura flotante y sutil, como indica el manual del dream pop. Si el comienzo del show puede haberse vivido como el carreteo previo al despegue, el medley de “Oncle Jazz”, “Norton Commander” y “Lauren” fue la culminación de ese viaje aéreo, una fragilidad premeditada y sostenida donde la sutileza pudo más que todo.
En la lista de pendientes de los grandes festivales internacionales, el nombre de Viagra Boys estaba escrito en mayúsculas y subrayado. La banda sueca lleva en su ADN una lectura cruda y visceral del post punk que emparenta con el costado más punzante de Sumo, en especial cuando Oskar Carls pasa de su guitarra a un saxo chirriante. Con su estética de integrante de la mafia rusa, Sebastian Murphy alimentó su usina interna a base de fernet tomado del pico para un show urgente que pegó fuerte de entrada (“Me suscribí al OnlyFans de tu mamá. Gasté 5 dólares al mes para ver fotos de sus muslos flácidos”, disparó en “Man Made of Meat”). Con Dillom encapuchado entre el público agitando el pogo, Viagra Boys se permitió algún guiño bailable sin perder la actitud barrabrava (“Ain’t No Thief”) antes de clamar por Palestina libre y declararle la guerra al fascismo en “Troglodyte”. En “The Bog Body” las referencias a Luca Prodan y cía volvieron a emerger en la superficie, y todo terminó con el tecladista Elias Jungqvist trepando al mangrullo en “Sports”, la antesala del caos avasallante que reinaría en los últimos 10 minutos de set con “Research Chemicals”, donde la frontera entre el arriba y el abajo del escenario se desdibujó completamente.
El paso de Blood Orange por el Lollapalooza Argentina fue uno de esos sets que funcionan como refugio dentro de una fecha marcada por la efusividad. A media tarde en el Flow Stage, el artista nacido como Dev Hynes desplegó un show envolvente que obligó a parar la oreja para una escucha atenta. Para su debut en Argentina, el londinense radicado en NY encaró un set climático y atmosférico en el que alternó entre la guitarra, el cello y su rol como vocalista. Hubo groove, pero contenido y la textura le ganó a los sobresaltos. “Jesus Freak Lighter” y “Vivid Light” privilegiaron el intimismo mientras que “Wish” y “Best to You” fueron llevando las cosas a un terreno de baile contenido, la misma que guió al cierre con “Champagne Coast” y “Charcoal Baby”, llenas de detalles microscópicos.
Pocas bandas argentinas conocen tanto el paño de los festivales masivos como Massacre. Walas y compañía fueron número puesto durante años, y de ahí que fueran capaces de salir a hacerle frente a una multitud víctima de un sol abrasador. “Somos Massacre. Buy, sell and trade”, espetó su vocalista después de que una versión instrumental de “Resurrección” le abriera paso al hit skater “Te leo al revés”, el comienzo de un repaso por su propia historia que se paseó por el madchester (“Ella va”) y también por la épica guitarrera (“Querida Eugenia”). “No hagan esto en sus casas”, dijo Walas antes de ponerse a jugar con su theremin en “Niña Dios”, la primera protagonista femenina de un segmento del que también fueron parte “La octava maravilla” y “Sofía, la súper vedette”. Con el show ya encaminado, “La reina de Marte” fue la antesala ideal para el grito desgarrado de “Plan B: Anhelo de satisfacción” y un cover de “Paranoid”, de Black Sabbath, que fue del inglés al español. A la hora del cierre, “Diferentes maneras”, la manera de Massacre de terminar el show con las cuentas claras.
En la otra punta del Hipódromo, Yami Safdie dio el que seguramente haya sido el show más ambicioso de su carrera. Por la pluralidad de géneros y encarnaciones, pero también por la cantidad y diversidad de invitados que pasaron por su set. Mora Bianchi, la actriz de Margarita, dio el primer paso con “Hay un cuento”, antes de que hicieran lo propio Soledad (“Tu amiga”), Coti Sorokin (“Tu nombre”), Flor Álvarez, Lit Killah y Big One.
























































