martes, 3 febrero, 2026
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The Hives en Vorterix: lo viejo funciona

The Hives tiene a su favor ser una banda que puede hacer que las cosas funcionen sin importar cuántas veces apele a los mismos trucos. En cada una de sus visitas, la banda sueca dejó en claro que lo suyo se sostiene no por una actualización de artificios y nuevas fanfarrias teatrales, sino justamente por mantenerse en un mismo lugar y, más allá de algunos lavados de cara, seguir siendo la misma banda desde hace ya casi tres décadas. Esa política -que puede leerse también como el perfeccionamiento constante de una fórmula ganadora- es la que hizo de The Hives una de las bandas más incendiarias en cada presentación en vivo, un título que sigue revalidando con fuerza, como lo dejó en claro su nuevo paso por Vorterix en el último sábado de enero.

Desde su Suecia natal, The Hives asomó la nariz a finales de los 90 como una banda deudora del punk más visceral (como lo prueba su debut, Barely Legal, de 1998), hasta que apareció en escena el garage rock para terminar de equilibrar la balanza. Dos guitarras, un bajo marcial, un baterista conectado a 220 y uno de los últimos grandes frontman que tuvo el rock: Howlin Pelle Almqvist, un entertainer eufórico, magnético y que a sus 47 años todavía conserva una elasticidad envidiable para ponerle el cuerpo a 75 minutos de show.  Una banda que parecía destinada a ser parte de un fenómeno global de revival de principio de milenio demostró su vigencia a más de dos décadas de aquella burbuja en el tiempo, en una noche que tuvo bastante de su pasado más reciente, una manera de dejar en claro que lo suyo no fue casual sino que es fruto de la constancia.

Dos plomos ataviados como ninjas, cinco globos gigantes con el nombre del grupo y sacos con leds en sus solapas y puños fueron los únicos recursos escénicos a los que The Hives echó mano en su quinto desembarco porteño para demostrar lo que mejor saben hacer. Alguna vez, Almqvist llegó a declarar que “el rock and roll no puede crecer, es un adolescente eterno”, y en ese testimonio parece esconderse la energía que mantiene encendido a su grupo después de tanto tiempo. Apenas unos compases de “Enough is Enough”, del flamante The Hives Forever Forever The Hives, para encender al público, pero también para poner a la banda en su estado de ignición constante, con el vocalista pegando patadas al aire, capaz de elevar su pierna por encima de su cabeza, antes de bajar a la valla a cantar metido entre la gente.

En su rol de maestro de ceremonias, Almqvist hizo gala de un español calculadamente desprolijo para interactuar con el público entre canciones, incitar la arenga y para explicar que el plan para la noche consistía en una mezcla de viejas canciones intercaladas con lo más reciente de su repertorio. En los papeles, dos tercios del show recayeron en sus dos últimos discos, con un margen menor para lo más remoto de su discografía, una fórmula que fue la constante en cada una de sus visitas. Así, el pulso enérgico de “Walk Idiot Walk” (con uno de los plomos/ninja a cargo de la pandereta) fue una dosis justa de nostalgia antes de que apareciera en escena “Rigor Mortis Radio”. Después, en “Paint a Picture” llegó el momento de mayor teatralidad de la noche: cerca del final del último estribillo, la banda entera quedó en pausa, con los cinco integrantes perfectamente inmóviles y sin pestañear durante casi un minuto, hasta que un alarido de su frontman funcionó como la señal de regreso. 

Aquellos Hives que parecían tener en su ADN un resabio genético de The Stooges aparecieron en “Main Offender”, y su rabia garagera derramó sobre la reciente “Born a Rebel”, en la que el baterista Chris Dangerous aporreó su batería con tanta fuerza que los platillos parecían pedir clemencia. Recién a la hora de “Stick Up” llegó algo parecido a un remanso, aunque “Bogus Operandi” elevó de a poco el pulso para dejarle el terreno allanado a “Hate to Say I Told You So”, el recuerdo de una época en la que pareció que las guitarras iban a volver por siempre. Y si “Countdown to Shutdown” parecía mostrar la existencia de más matices en su obra, “Come On” dejó en claro que un riff electrizante y una letra de dos palabras repetidas infinitamente son recursos más que suficientes para encender la llama del rock and roll más primal y efectivo.

Después de que “Tick Tick Boom” promediara la hora de show, los bises ayudaron a terminar de redondear el concepto, con “Legalize Living” con un clima algo errático para lo que había sido la noche, un paso en falso que redimió “Bigger Hole to Fill”. Después de haber desplegado todos sus trucos, y sin nada más que tener que demostrar, The Hives cerró la noche con la autocelebratoria “The Hives Forever Forever The Hives”, un tema que funciona también como declaración de principios, la manera de plantar bandera y dejar en claro que a veces la clave para la subsistencia no está en el cambio sino en aferrarse a una misma idea y pulirla las veces que sea necesario.

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