Con su look de princesa medieval y una puesta escénica con un castillo que parecía salido de Eternia, Chappell Roan se encargó de cerrar la segunda jornada de Lollapalooza Argentina. Con un único álbum a cuestas (The Rise and Fall of a Midwest Princess), la cantante de Missouri desplegó su universo de estética drag, burlesque y teatro kabuki para un show que tomó los modismos del pop de los 80 y lo trajo al presente con una dosis de anabólicos. “Super Graphic Ultra Modern Girl” fue el tema encargado de abrir la noche y también el de definir a su propia creadora desde el título. Y si hasta ese entonces el fervor había sido notable, el ida y vuelta con el público en “Femininomenon” terminó por sellar la química que reinaría por los siguientes 80 minutos.
Lejos de marcar distancias o demandar el estudio de un background previo, aún en la diversidad de su propuesta, la música de Roan destaca por su universalidad. Con un dominio exquisito de la teatralidad y el magnetismo, es capaz de animar la fiesta más encendida de todas con “Hot to Go” a apelar a la emotividad con una power ballad como “The Subway”. Acompañada de una banda formada íntegramente por mujeres, Roan decidió además rendir pleitesía al girl power con una intensa versión de “Barracuda”, de Heart, a puro machaque metalero. Conocida por mantener una distancia firme pero sutil con su público, Roan debió recurrir a un peluche de apego para poder sobrellevar la intensidad del público local, entregando a cambio más tarde una versión por demás intensa de “Good Luck Babe!”, una química mutua que tuvo en “Pink Pony Club” una despedida a la altura de las circunstancias.
En una fecha (y un festival en general) caracterizado por la producción de vestuario y el impacto visual, Lewis Capaldi sobresalió por la negativa. El baladista escocés salió a escena de pantalón y remera negros y zapatillas deportivas, y sin gestos que un brazo en alto dio comienzo a su set con “Survive”, una canción de resiliencia que da nombre a su más reciente EP, pero que tiene también un giro autobiográfico: en 2023, Capaldi anunció su retiro temporal de los escenarios para tratarse por un Síndrome de Tourette, por lo que el tema es también un retrato de su propia supervivencia ante esta adversidad. La obra de Capaldi se mueve entre el sufrimiento a corazón abierto y un muy particular sentido del humor: basta con ver los títulos de sus discos (Divinely Uninspired to a Hellish Extent y Broken by Desire to Be Heavenly Sent, traducibles como “Divinamente carente de inspiración hasta un punto infernal” y “Quebrantado por el deseo de ser enviado al cielo”, respectivamente) para lograr descifrarle el tono.
El repertorio de Capaldi podría dividirse en dos: las canciones que celebran el amor de un lado, y las que exponen las cicatrices de una ruptura sentimental, con “Bruises” y “Forget Me” como ejemplos más claros de este último grupo. Entre tema y tema, Capaldi habló con su público con soltura, informalidad y hasta una cuota de humor como para dejar en claro que no todo tiene que ser tomado tan en serio. A la hora del cierre, Capaldi y su pianista fueron los encargados de poner fin al asunto con el hit “Someone You Loved”, un tema que tuvo al público en vilo por unos minutos con la certeza de que los recursos pueden ser mínimos para lograr ese grado de magnetismo siempre que estén bien ejecutados.
El de Addison Rae es un caso raro. Tras un comienzo como creadora de contenido en TikTok, comenzó a la par una faceta como actriz y otra como cantante, que la trajo a Lollapalooza por primera vez. Su performance, sin embargo, tuvo más de performance escénica que de ejecución musical: vestida con ropa interior de encaje, Rae no disimuló el uso de pistas vocales durante su set, y ni siquiera su público parecía inmutarse cuando su voz seguía sonando fuerte y clara a pesar de que ella no estaba moviendo la boca. Su paso por el Hipódromo trajo 60 minutos de hyperpop, el terreno donde Charli XCX planta bandera, de ahí que sonara su versión de “Von Dutch” que a esta altura ya puede reclamar como propia. Otra referente, Britney Spears, apareció en forma de sampleo de “…Baby One More Time” en “I got it Bad”. Con el pasar de las canciones, el grado de excitación de Rae fue en aumento, casi más que el de su propio público, como si su expansión global la hubiera tomado de sorpresa.
En 2019, Paulo Londra tuvo una noche triunfal en Lollapalooza, con un lugar privilegiado en la grilla, con un escenario con aro de basquet incluido para tener su propio espacio de dispersión y recreo. Siete años después, el ex niño prodigio cordobés parecía en busca de una nueva oportunidad. En el medio entre un show y otro, Londra vio su carrera entrar en modo hibernación por un litigio al que costó poder encontrarle un cierre, y su regreso lo encontró ya no solo como un trapero ATP de la provincia mediterránea, sino que en el viaje tuvo algún coqueteo con el punk pop de fórmula (no es casual que haya elegido a Travis Barker para grabar la batería de “Nublado”, su single regreso de 2022). En su set, María Becerra pasó a marcar tarjeta por partida doble, primero con “Ramen para dos”, y después para hacer las veces de Becky G en “Cuando te besé”, que despertó un pogo inesperado en el sector más próximo al escenario. El tándem de cierre con “Nena maldición” y “Adán y Eva” sirvió como manifestación del regreso a cómo eran las cosas para Londra hace unos años, un viaje en el que su público está dispuesto a acompañarlo. Solo falta que él decida hacer el primer movimiento.
Bastante agua corrió debajo del puente en la vida artística de Soledad Pastorutti, de outsider que tomó al festival de Cosquín por asalto a ser leyenda viva sobre el tablado alternativo de Lollapalooza. Con una banda expandida y un cuerpo de baile en plan telúrico, el Tifón de Arequito logró que por al menos una hora la guarda pampa le ganara al glitter como recurso estético dominante. Como una suerte de peña en pleno Hipódromo, el show de Soledad se construyó a base de un repertorio encadenado en un continuum que supo pegar fuerte de entrada (“Kilómetro 11”, “Puerto Tirol”) y que se potenció cuando Ale Sergi y Juliana Gattas se convirtieron en partícipes necesarios para enlazar “Ódiame”, “Propiedad privada” y “Que nadie sepa mi sufrir. Acto seguido, se despachó rápido con “A Don Ata”, con la certeza de que tenía recursos de sobra para echar mano en la lista, como lo dejaron en claro su versión de “¿Cómo que no?”, del uruguayo El Príncipe (popularizada en estas geografías por Onda Vaga), una relectura de “Hoja en blanco”, de Dread Mar-I o un cover enérgico de “Cömo te voy a olvidar” de Los Ángeles Azules. Y si “Tren del cielo” podía haber funcionado como un cierre más que válido, su despedida con “Brindis” tuvo bastante de autocelebratorio, un gesto que en este contexto parecía más que justificado.
Princesa del poder. Así se percibe desde el nombre de su último disco Marina (sin diamantes ya en su nombre artístico), el que la trajo por tercera vez a Argentina. Su catsuit de amarillo intenso era deudor del de Madonna en la época de Confessions on a Dance Floor, de ahí que el medley entre su propio “Metallic Stallion” y el “Hung Up” de la Reina del Pop sonaran como una continuación lógica. En el otro extremo del predio, Ángela Torres pareció haber tomado nota de sus enseñanzas para darle forma a un show edificado sobre su álbum debut, No me olvides. Con su pasado de niña estrella a cuestas, su set parecía hecho a medida de las romcoms que se veían en pantalla durante “Vértigo”, y los gestos aparecieron de a poco. Primero llegó la versión de “Una luna de miel en la mano”, de Virus; después fue el turno del homenaje a su abuela con “La niña de fuego” en plan cantaora para la generación Tik Tok junto a Kastiello. Y ahí, sin preámbulos, Torres recordó la inminente llegada del 50 aniversario del Golpe de Estado, que cerró con un pedido de memoria, verdad y justicia y una interpretación de “Como la cigarra”, de Maria Elena Walsh en un formato de arpa, glockenspiel y cuerdas con el que también versionó a Valeria Lynch con “Qué ganas de no verte nunca más”. ¿Más muestras de su versatilidad? Una rendición bastante fiel de “Girls Just Want to Have Fun” casi pegada a la cumbia XXL de “Sinvergüenza”, todas señales de su crecimiento.
Cuestiones de agenda: LANY lanzó su último disco ¡ayer!, por lo que cuarta visita a la Argentina (segunda en contexto de un Lolla) obligó a su público a aprenderse el nuevo repertorio de un día para el otro. La banda liderada por Paul Klein arrancó su set con “Soft”, el tema que da a su flamante obra, y que bien le sienta como calificativo posible para su música, rótulo que los californianos aceptan sin esquivar el bulto. Con más o menos intensidad, sus canciones tienen un andamiaje pop de alta carga emocional: después de ese comienzo devocional, LANY ajustó las clavijas con “Why” y le puso ritmo a un show que se permitió llegar a la pista del baile, pero siempre con mesura. A lo largo de su show, Klein pasó de estar al frente, para luego sumarse como segunda guitarra o como tecladista, según lo ameritara la situación. Aún con tres visitas a cuestas que fueron creciendo en convocatoria, el vocalista no dejó pasar oportunidad para agradecer la predisposición de un público que reconocía como ajeno (“Chappell tiene los mejores fans del mundo”, dijo). Y justo cuando parecía que su prédica iba poco más allá de los conversos, el hit “Super Far” terminó de convencer a los indecisos.
En contraste con su amabilidad y sutileza, Six Sex fue puro impacto sonoro, estético y discursivo. Francisca Cuello apeló al neoperreo por todas las vías, desde un reggaetón incandescente a una electrónica trepidante y sarpada. Después de pasar como invitada para cantar su propia “I’m a Star”; Juana Rozas pidió un aplauso para la anfitriona, que terminó con Six Sex dándole la espalda al público para mostrarle el culo. Acto seguido, celebró el empoderamiento y la independencia económica a su modo en “Girlsworld”.
(Fotos de Chappell Roan, Addison Rae y Marina, gentileza DF Entertainment y aLIVE Coverage)






















































