A la manera de Walt Whitman, Tyler, the Creator contiene multitudes. La deuda pendiente que Lollapalooza Argentina tenía desde 2018 tras su cancelación a último momento fue saldada con creces en la primera jornada de la edición 2026 del festival. La espera valió la pena y tuvo sus frutos: en estos ocho años, el artista de Hawthorne no sólo expandió su discografía, sino que también expandió aún más la elasticidad de su universo creativo, plagado de alter egos, provocaciones, diversidad y ambigüedad sexual y la idea de ubicar e identificar los límites de los estilos y los géneros solo para derrumbarlos a martillazos.
Tyler, the Creator preparó su última gira con una puesta ambiciosa que combinaba distintos escenarios, recursos teatrales y una mezcla de ambientaciones sostenidas por una narrativa. Para su traslado a grandes festivales, optó el camino opuesto: tan solo pantallas en colores neutros e intensos, llamaradas y algún despliegue pirotécnico hicieron las veces de únicos recursos para 75 minutos sostenidos por diversidad sonora y el magnetismo de alguien capaz de entonar algún fraseo perturbador y luego mirar al público con un gesto cómplice. En rigor, su puesta en escena fue exactamente igual a la de Drake en Lollapalooza en 2023, sin siquiera un DJ secundando en el tablado. Pero mientras eso no hizo más que poner en relieve las carencias del show del canadiense, acá puso en primer plano a un performer auténtico, capaz de zigzaguear entre el hip hop alternativo, el jazz, el rap, el funk y el soul en un marco conceptual.
Antes, Lorde se presentó como renacida en el escenario Samsung. De jean Levi’s y remera agujereada, la cantante neozelandesa decidió quemar naves de entrada. Apenas comenzado su set, entregó una versión de su hit “Royals” actualizado desde lo sonoro, pero también desde lo lírico, con una referencia a la isla de Jeffrey Epstein. De ahí en más, un set que se paseó por el reciente Virgin, como también por los momentos más lúcidos de Melodrama y su debut Pure Heroine, además de la decisión de omitir a Solar Power, un paso en falso de su discografía. Sobre la mitad del show, Lorde se tomó un minuto para señalar que tanto ella como su público fueron testigos del crecimiento del otro, y la frase no podía más certera: la cantante debutó en la primera edición local de Lollapalooza, con su primer disco apenas publicado, y su cuarta visita al país la encontró ya como una referente capaz de hacer convivir en una misma propuesta a Björk, Kate Bush y Charli XCX.
¿Cómo se combate al fuego? Con más fuego. Mientras Tyler, the Creator se llevaba el protagonismo en el escenario principal, Turf salió con los tapones de punta en el escenario alternativo. Vestido de jockey y a bordo de un caballo de utilería, Joaquín Levinton tomó por asalto el tablado para un show donde el hit primó sobre el repaso abarcativo de la obra. Canciones hay de sobra: “Loco un poco”, “Me hace sentir”, “Casanova”, “No se llama amor”, “Loco un poco” y “Magia blanca” lograron su cometido y mantuvieron al público sin ganas de ir a ver qué onda el rapero californiano. “En tu cara, Tyler”, gritó más de una vez Levinton, y tenía razón.
Con el peso sobre sus hombros de ser LA cuota rockera del día, Turnstile salió a escena para dejar en claro cómo la amplitud de su abanico sonoro funciona de parabienes en el marco de un festival. Desde que abandonó la ortodoxia del hardcore en pos de un sonido más expansivo, la banda de Baltimore sumó texturas y colores hechas a medida de los shows para masas. Parte de eso se vivió en el comienzo etéreo con “NEVER ENOUGH”, con la voz de Brendan Yates entre sintetizadores envolventes y texturas de guitarra deudoras del dream pop. Una vez pasado ese momento, “T.L.C. (TURNSTILE LOVE CONNECTION)” fue la señal necesaria para que se formaran las primeras rondas de pogo en el campo, una constante de su set incluso en los momentos donde la intensidad parecía ir hacia un segundo plano.
“I Care”, “Holiday” y “Drop” reforzaron la idea de una banda sostenida por un baterista marcial (Daniel Fang) y un bajista convertido en pívot rítmico pero también en un arengador profesional (Franz Lyons. Sobre ese andamiaje, las guitarras de Pat McCrory y Meg Mills viajaron del machaque al soundscape con una propuesta que pedía más volumen del que les tocó en suerte. Y la convivencia entre esas dos polaridades de Turnstile alcanzó su punto máximo en el cierre con “Birds”, una canción dividida en dos en la que a un comienzo pop le sucede un segundo movimiento dominado por la rabia.
Si la idea de Lollapalooza es pensar el encuentro como un cruce transgeneracional, la presencia de Katseye en la grilla puso esa amplitud etaria al máximo. La presencia del grupo de pop global (una manera de definir a una banda que suena a k-pop pero que aglutina a cantantes de distintas latitudes) congregó a una marea de niñas y preadolescentes frente al escenario Samsung, Otro signo de los tiempos: 60 minutos le alcanzaron a Daniela, Lara, Megan, Sophia y Moonchae (la sexta integrante, Manon, se retiró hasta nuevo aviso) para interpretar la totalidad de su discografía: diez canciones de sus dos discos, otros dos singles y un tema grabado para una película de Monster High sonaron sin solución de continuidad a lo largo de su show. En el medio, coreografías, visuales con estética retro (“Gameboy”), constantes agradecimientos y muestras de afecto y un mar de ojos felices. En la otra punta del predio, Piñón Fijo daba un show en el Kidzapalooza con mayor afluencia de público adulto.
Cosas que pasan en los festivales sin demasiada explicación. Al momento en que el calor más se estaba haciendo notar, DJO (o Joe Keery, si gustan), salió a escena con un gorro de lana y una campera abrochada hasta el cuello. Lejos de toda pantomima de “actor que además canta”, Keery se colgó su guitarra, la banda contó cuatro y ahí nomás se zambulleron a “Flash Mountain”, un indie rock con riffs y teclados burbujeantes. Ahí nomás, pasó a un sintetizador analógico y se puso a jugar con teclas y perillas para recrear el instrumental “Uglyfisherman”, casi como una manera de poner a prueba a quienes fueron en busca de la experiencia de ver rockear a Steve Harrington, de Stranger Things. Y aunque en su presentación no hubo (ni tenía por qué haber) una alusión a la serie que lo hizo famoso, lo cierto es que los constantes guiños al rock ochentoso de su música bien podrían sonar en las calles de Hawkins.
A mitad del set, “Roddy” ofreció una psicodelia amable, una canción a velocidad crucero envuelta en nubes de sintes, como MGMT sin inmolación química, mientras que “Chateau (Feel Alright)” le pasó de cerca al Tame Impala más artificial. Pero sobre el final, el éxodo: el regreso al pop amable de “End of Beginning” no pareció ser suficiente, y miles de personas comenzaron a abandonar el escenario a las corridas para conseguir una buena ubicación para el show de Katseye. Todo no se puede.
Como antesala al show de DJO, en el escenario Samsung fue el turno de Royel Otis, el dúo australiano caminó por una senda similar de pop levemente psicodélico, con guitarras cristalinas en un rol más rítmico que melódico (con “Sofa King” como ejemplo más visible), signo heredado del indie de este lado del milenio. Pero Royel Maddell y Otis Pavlovic saben cuándo apretar los dientes, y ahí es donde un tema como “Heading for the Door” pisa el pedal de distorsión en el momento correcto. Quienes se quedaron hasta el final tuvieron recompensa: primero, el dúo hizo su versión de “Murder on the Dancefloor”, de Sophie Ellis-Bextor (el cover cuya viralización cimentó su camino al estrellato), y poco después sumó una versión a guitarra y voz de “Linger”, de The Cranberries. Para rematar la escena,el cierre con “Oysters in My Pocket”, indie con sabor a playa.
Mientras la gente comenzaba a acomodarse en el predio, la avanzada española copó un escenario detrás de otro sin solución de continuidad. Primero fue el turno de Guitarricadelafuente,el alias artístico de Álvaro Lafuente Calvo, que forjó su carrera a base de darle al flamenco y la rumba una cierta sensibilidad pop y militancia queer, entendida desde el comienzo con su hit “Full time papi”. El cantante nacido en Barcelona fue además uno de los primeros en señalar a un sector vip que no solo avanzaba sobre buena parte del sector general. sino que además se mantuvo vacío durante casi todo su set. Después, llegó el turno de Judeline, que como tantos artistas de su generación saltó a la fama haciendo covers que luego fueron reemplazados por el repertorio propio. En su música conviven la tradición y el presente, con atmósferas ambient, beats urbanos y tradición andaluza. Esa cruza de influencias decantó en la creación de Bohdiria un lugar ficticio que da nombre a su último disco de estudio, un álbum en donde la espiritualidad toma dominio de las letras mientras la música se mueve libre entre ritmos de raíz. Y aunque el horario a las cuatro de la tarde eliminó cualquier atisbo de nocturnidad, su set llevó la tradición mediterránea a la pista de baile.
























































