Al primer contacto, la imagen impresionaba: Devendra Banhart salió al escenario de Deseo vestido de traje, corbata y mocasines sin medias. Una vez que llegó al centro del tablado, tomó una caja de fósforos y encendió una vela y un incienso que serían sus únicos compañeros por la hora y media siguiente. Así, el músico nacido en Houston y criado en Caracas realizó los ritos pertinentes para evocar el intimismo hogareño en una discoteca de Villa Ortúzar.
Ya con la guitarra española que sería su principal aliada durante gran parte de la noche, Banhart arremetió casi sin preámbulos con “A Sight to Behold”, y la sutileza de su arpegio y su voz tremolada funcionaron como un hechizo cautivante que tuvo a la platea sumergida en el más absoluto silencio durante su interpretación. Provisto solo de sus canciones, el héroe del freak folk logró erradicar así todo vestigio de charlas y cotilleos que pudieran interferir con la experiencia. Si su última visita había sido a tono con el fervor festivalero del Music Wins, aquí la estampa era exactamente inversa.
Pasada la primera canción, Devendra Banhart se tomó su tiempo para explicar en un español fluido en qué consistiría la noche: una selección de canciones interpretadas en orden cronológico, intercaladas con varios momentos de espíritu stand up acaso para descomprimir tanta fragilidad microscópica. Así, después de tocar “The Body Breaks” le sacó toda mística a “Little Yellow Spider al contar que fue compuesta mirando una araña en un estacionamiento, y poco después reconoció que “At the Hop” (una canción que lo hizo conocido por fuera del nicho folk en 2004 y que fue utilizada en varios comerciales) había sido compuesta después de un mal viaje con anfetaminas.
De a poco, Banhart empezó a desarmar el esquema temporal de su show, paseándose desde “Angelika” (2009) a “Todos los dolores” (2002) para luego desembocar en “Quédate, Luna” (2005), intercalando en el medio “La pastorcita perdida”, de Atahualpa Yupanqui. Y justo ahí, en el momento en el que había alcanzado un nuevo pico de intensidad, Devendra decidió desarmar todo tipo de parsimonia e invitar al público a ir al baño, arguyendo que él mismo lo haría si eso no perjudicara la dinámica del show. Poco después, pasada “My Dearest Friend”, sacó su teléfono celular y comenzó a leer una serie de intercambios que había mantenido con ChatGPT para que lo ayudara a crear un chiste con guiños localistas, un paso de comedia que tuvo más adhesiones por su interpretación que por el resultado que le arrojó la inteligencia artificial, la prueba de que nada puede superar a la intervención humana.
Y así como a mitad del show prometió levantar pedidos de canciones por parte del público, cerca del final Banhart decidió cambiar los planes y abrir el escenario por si alguien quería subir a tocar una canción, por lo que el tablado quedó en manos de Mora Saleh, una joven cantante que interpretó un tema de su propia autoría. Una vez que volvió a tomar control de la situación, Devendra entregó un último sprint de canciones, (“Never Seen Such Good Things”, “Mi negrita” y “October 12”, esta última acompañada con un beat disparado desde un celular) todas interpretadas con el corazón en la mano.
El cuasi gospel de “Charger” era de por sí una despedida acorde al evento, hasta que tras unos minutos de ausencia, Devendra regresó para cerrar la noche con una versión despojada de “Carmensita”, más cerca del bossa nova que de la psicodelia mística del original de estudio. Pero como en el mundo de Banhart las normas y lo establecido no parecen ser un patrón a imitar, después de hora y media de intimismo y aire de fogón, anunció que le tenía un último regalo al público local. Acto seguido dejó su guitarra y se ubicó detrás de una mesa con dos bandejas y un mixer y cerro la noche con un set de electrónica construido en base a samples que él mismo había tomado, de un extremo al otro del arco emotivo en tan solo minutos.



















